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Solietad. “Retrato de Familia”

Solietad. “Retrato de Familia”

Por Ramiro Tejada

Entre multitudes asombra mi soledad, quien más quien menos, en esta conjunción de palabras antagónicas se recuesta en su soledad en medio de la gran masa humana. Es la antípoda del devenir de la existencia. Y es el reto y el riesgo –mayúsculo, si se tiene en cuenta que la pieza se ha diseñado para espacio abierto, plaza pública, el ágora como escenario– que asume esta agrupación de la vecina ciudad de Pereira. Una severa y mordaz crítica a la vejez como sino inexorable al manejo que hacemos de ésta. Solo con sus recuerdos (“Esta noche hay lluvia de recuerdos”, dice el narrador) se batalla en la senectud, su bastión puede ser la nieta, Alejandra, grácil y con natural espontaneidad es interpretada (que no representada) por Angélica Correa, pero que será estigmatizada por la querida familia, por su asistencialismo en la vejez vergonzante. Un daguerrotipo que deshilvana en trasescena, con los efectos de distanciamiento y juegos de rol de la trouppe de El Paso, que diestramente sabe conjugar en el laberinto de la memoria del anciano, quien asiste a la representación de su historia y de paso da rienda suelta al desvarío onírico. Saltan las imágenes a borbotones, como en regadera, lo surreal se toma la escena, baña y desborda el imaginario que puebla a este ser asediado en su soledad, es la multiplicación de su “Yo” escindido el que fragua esa multitud que lo arropa, le cobija y finalmente, brinda albergue. Allí percibo el neologismo, la palabra que subsume su dualidad: Multitud y Soledad, tan antagónicas como inseparables.

El recurso escénico y la ductilidad de los actores y músicos, logra capear el temporal, mantiene el ritmo de la puesta, sin sobresaltos entre lo real maravilloso y las imágenes de tono surrealista, como la lluvia con fino polvo sobre los personajes. Los títeres de varilla y tijera, a veces manipulados por varios actores, los tonos y musicalidad de la partitura le imprimen el tinte de entresueño que amerita, la escalera-árbol desde donde otea la niña la asombrosa “película” que discurre en el imaginario del abuelo, los parasoles de telas urdidas semejan un balneario, la cama versátil que transmuta en barco, la travesía marina con el simple artilugio de la tela agitada en oleaje, el velocípedo, el uso de máscaras –neutras unas, con rasgos de vejez otras–, transportan al público a un alucinado baile. Total: el dispositivo escénico manejado al dedillo. Existe un parentesco entre esta pieza de calle y el Ricardo III, su anterior montaje, el manejo del guiñol, del muñeco fabricado con cañas de aluminio, el uso de sillas de ruedas para aliviar la movilidad reducida, el desdoblamiento del actor, la multiplicidad de roles de actores y músicos, los afinados ejes de un mecanismo potente en su simbología, la polisemia de imágenes y la nuda presencia de pirotecnia, llevan a pensar que esta agrupación se las trae, que no son chispazos (ni chiripazos), sino un alumbramiento cierto de teatro El Paso.