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La sabiduría de Don Pángara -lámina y pintura-

Franklin Molano Gaona
Don Pángara es un bacán. Desde su silla en un taller ubicado en un rincón de la ciudad, lanza comentarios que explican con sencilla inteligencia, el verdadero sentido de la vida.
Dese ese butaco donde éste señor, vestido de camiseta esqueleto, rodeado de sus hijos, quienes pasan buena parte de las horas bebiendo cerveza a pico de botella, ven pasar la vida, la gente y las adolescentesde jean ajustado, a quienes le lanzan piropos, un dicho, una frase, un chiste o una reflexión, que hacen de este lugar, colmado de repuestos y herramienta, el pequeño universo de Don Pángara.
Este mecánico, sus hijos y su vida errante, constituyen la nueva historia de El Paso Teatro, escrita y dirigida por Cesar Castaño, la cual lleva como título: ‘Lámina y Pintura’ y que tuvo su presentación en esta séptima versión de Lecturas Dramáticas en La Textilería, ubicada en el centro de Pereira.
Rodrigo Rojas, Don Pángaera hace un recorrido por su vida, cuenta los logros de sus hijos, las aventurascon mujeres, los viajes emprendidos, las decisiones difíciles que ha tenido que asumir, los caminos que he tenido que tomar, sus equivocaciones y sus aciertos.

Los dichos 
El guion de la obra, está fundado en el fino humor y por momentos, los personajes echan mano de la memoria y hablan de la tristeza, de la desesperanza, de la incertidumbre y de no haber conquistado nada. 
Don Pángara dice cosas como: “No hay flotadores para este mar de desdichas” o “Yo no invierto en comida, pero si en ocio, como debe ser”, o “el licor no borra recuerdos, es como un lápiz que remarca las cosas” y más adelante el personaje menciona: “cuando uno es nadie, uno puede ser lo, que quiera”. Y así, frase tras frase conforman la filosofía de este señor, que lo muestran ante los asistentes al teatro como un viejo añejo y curtido que con el paso de los años, resulta ser un sabio.
Recuerda cómo armó maletas y se marchó al extranjero en busca de un futuro más promisorio y poder traer billetes en sus bolsillos para él y sus hijos. Contó que se iba porque quería salir de esta ciudad violenta y cuenta las dificultades de dejar su taller, el maltrato, los líos para hablar un idioma desconocido y cómo, al finalizar el día, pedía a gritos volver a su terruño.   
Desde su taller de mecánica, el personaje revisa sus años, esculca sus emociones, sacude el alma, estruja los recuerdos y revive episodios, que dan cuenta de las andanzas de este hombre que ya en una edad madura, decide hacer un alto y con retrovisor evaluar la trayectoria de sus actos.
Don Pángara ha leído sobre la vida y por eso la conoce. Y con acierto elabora pensamientos que dice en voz alta, los cuales se convierten en comentarios sabios muy graciosos, que recibe el público lo que desata carcajadas permanentes que se ven en toda la obra. 
Pero esas risas están acompañadas de serios diálogos, que dejan ver a un Pángara que piensa, que tiene ideas serias, que le arranca a la vida instantes donde los asistentes guardan silencio y ven en este mecánico un maestro popular vulnerable y muy humano.
A Don Pángara lo acompañan sus hijos, criados a su imagen y semejanza, quienes están con él en el taller, se parchan con él, toman pola, comen salchichón, arman parches, escuchan y rumbean con la música de Rodolfo Aicardi, se abrazan, le van al equipo de fútbol de sus amores, conocen sus secretos, alegan y son familia, una familia formada por un padre que les infundió valores plenos, absolutos y leales. 
Entonces la obra va y viene. Hay risotadas, hay densidad, hay música, hay canto, hay poesía, hay tangos, hay boleros, hay salsa, hay trago, hay eructos. Hay una buena puesta en escena. 
Al cierre de la lectura, los actores salieron al público y Castaño se refirió a las deudas pendientes y una de ellas era escribir ese texto en honor su padre. Castaño lo dejó todo en esta obra: expresiones, sueños, reproches, discusiones y enseñanzas, que estaban en ese taller de lámina y pintura que con los años logró llevar a las tablas.
Castaño y su compañía de actores se consolidan como una agrupación que ha entendido la dramaturgia como un ejercicio de escritura local que puede trascender en lo nacional. Se siente en las tablas que El Paso ha madurado, y ha crecido y el resultado se aprecia en obras como ‘Anónimos’, ‘Cada vez más tarde’, ‘Un recuerdo en el olvido’ por citar algunas. “Y espere a ver el estreno del viernes”, me dijo en voz baja Castaño, lo que confirman su interés por la dramaturgia, por afinar la pluma e insistir en el teatro como expresión viva que sirve para contar historias.